La Condena a David Irving y la Cuestión del Holocausto

2/3/2008

LA CONDENA A DAVID IRVING Y LA CUESTION DEL HOLOCAUSTO
Escribe Alberto Tosti – Marzo de 2006

Violentando los más elementales Derechos a la Libertad de Expresión e intimidando la investigación de algunos hechos clave de la Historia Contemporánea, un Tribunal de Viena, Austria, ha condenado a prisión al historiador británico David Irving en relación a sus estudios sobre el denominado Holocausto del Pueblo Judío durante la II Guerra Mundial. Este hecho – que ya tiene precedentes directos e indirectos en el Mundo – abre un nuevo capítulo en el plano de la represión de las ideas que se está dando hoy en día al amparo de la Intolerancia Democrática.

A 60 años de la terminación del conflicto, la Segunda Guerra Mundial ha sido sustraída a la Historiografía y se consolida cada vez más la tendencia a mostrar los hechos históricos bajo el prisma de una concepción ideológica y mítica de la realidad pasada. Estamos frente a un gravísimo procedimiento metodológico: los dogmas o preconceptos son impuestos como condicionantes de la investigación histórica. Si comparamos este comportamiento con las tradicionales imágenes negativas difundidas sobre la Inquisición en general y sobre el caso Galileo en particular, encontraríamos que no existen grandes diferencias de fondo al respecto, salvo el cambio de los actores.

EL PROBLEMA DEL HOLOCAUSTO.
Las persecuciones sufridas por el Pueblo Judío durante la II Guerra Mundial bajo el Gobierno Nacional-Socialista de Alemania han venido siendo motivo de exageraciones cada vez más inconsistentes a la luz de los hechos históricos. Aunque cada uno de estos puntos merece explicaciones detalladas que no podemos profundizar aquí (aunque las mismas ya han sido hechas, precisamente, por una larga serie de investigadores, entre los cuales David Irving, que tiene una treintena de trabajos escritos al respecto), los cuestionamientos centrales que existen acerca del Holocausto pueden resumirse esencialmente en tres:
1. Que no está probado que muriesen en la II Guerra Mundial seis millones de judíos ni una cifra mínimamente cercana a ese total.
2. Que no está probado que los alemanes hayan realizado matanzas masivas y sistemáticas, de tipo industrial, en los campos de concentración; ni que tuvieran la capacidad técnica para hacerlo.
3. Que tampoco está probado que la Alemania Nazi tuviera un Plan de Exterminio contra los judíos.
Estos puntos han sido largamente debatidos en función de las estadísticas administrativas de población, las migraciones internas europeas y los totales de internados en los campos alemanes, así como por las sucesivas versiones inexactas sobre las víctimas en dichos campos. Como ejemplo paradigmático, se cita el caso de Auschwitz-Birkenau, donde se habla de millones de víctimas mientras la información oficial dada a conocer por el Gobierno soviético bajo la administración Gorbachov haría referencia a sólo 74.000 muertos durante toda la existencia del campo (1941-1945) y por todo tipo de conceptos (enfermedades, accidentes, ejecuciones, etc).
Este tipo de exageraciones – producto especialmente de una propaganda de posguerra – tiene como uno de sus antecedentes notables, por ejemplo, el caso de la modificación de versiones sobre las instalaciones y la cantidad de muertos en Dachau, Baviera. Las teorías o versiones sin respaldo histórico, los ejemplos cuestionables y las contradicciones sobre los campos de concentración y el trato dado a los judíos dentro de los mismos se manifiestan en forma tan sistemática que autorizan a dudar de la totalidad de las informaciones suministradas al efecto (informaciones que, por otra parte, están controladas por las Potencias Aliadas vencedoras de la II Guerra Mundial y/o por instituciones judías), con el agravante que tales informaciones comenzaron a tomar forma definitiva años después de terminado el conflicto, fundamentalmente en la década de 1960, con el caso Eichmann. Tales nuevas versiones son tanto o más llamativas desde el momento que no fueron sostenidas oportunamente en el Proceso de Nuremberg, donde los Aliados – como Fiscales y Jueces de la Alemania vencida – manejaron con total discrecionalidad las acusaciones, los testimonios y las pruebas documentales contra los jerarcas nazis que fueron condenados a muerte. La realidad del exterminio masivo de judíos en los campos de concentración alemanes también ha sido puesta fundadamente en duda debido a la imposibilidad técnica de haber llevado a cabo tal tipo de matanzas masivas. No solamente no existían las instalaciones para el supuesto gaseamiento en masa de prisioneros sino que tampoco podría haberse llevado a cabo la desaparición física de un número extraordinariamente tan elevado de personas sin dejar rastros.
El Informe Leuchter, que prueba la ausencia de presurización en los baños de Auschwitz como para haber servido de cámaras de gas y que demuestra la inviabilidad del uso del Zyklon-B para la muerte de seres humanos – era un pesticida usado para la desinfección de ropas y cuerpos – fue justamente uno de los golpes más fuertes contra las versiones técnicas del Holocausto. Por último, la interpretación forzada del Protocolo de Wahnsee de Enero de 1942 – una reunión de funcionarios de segundo o tercer nivel destinada a coordinar el traslado de judíos hacia el Este – no constituye prueba documental fehaciente ni guarda relación con directivas del Gobierno Alemán en el sentido de planificar el exterminio de los deportados.
Pero, repetimos, este tema es inabarcable en este trabajo y no constituye el objeto del mismo, sino que corresponde tan sólo al enunciado del problema del Holocausto tal como está planteado a la luz de la falta de pruebas históricas sobre el mismo. Y ésta es la materia clave cuya investigación y difusión se trata de ocultar a través de la represión de las ideas y de quienes plantean una revisión de la teoría del Holocausto.

EL MANEJO POLÍTICO-FINANCIERO DEL TEMA.
Las presiones internacionales derivadas de la fortísima influencia judía en el Mundo Actual – especialmente en el orden político, financiero y comunicacional – están destinadas a imponer la creencia generalizada e indiscutida del Holocausto como un hecho histórico. Éste es el tema central que ha venido siendo institucionalizado con el correr de los años, de manera tal que con la lógica desaparición paulatina de casi todos los referentes y testigos de los acontecimientos de la II Guerra Mundial, la concepción mítica e incomprobable del Holocausto fue creciendo hasta alcanzar niveles insólitos en nuestros días. Las motivaciones prácticas de tales campañas se han venido desnudando cada vez más a raíz de los negociados fabulosos sobre indemnizaciones exigidas por distintos sectores de la comunidad judía a países y/o instituciones que pudiesen haber estado comprometidos – directa o indirectamente – en el denominado Holocausto.
Tal es el caso típico de Alemania, que ha sido hasta el presente el principal contribuyente y sostén financiero del Estado de Israel; y el de la banca suiza, presionada para reconocer el pago de indemnizaciones a terceros por cuentas inmovilizadas de personas judías desde la época de la Guerra. Este capitulo – derivado de la teoría del Holocausto – ha llegado a ribetes tan temerarios que parecen estar motivando que personalidades judías más prudentes – como el caso de Norman Finkelstein, judío hijo de sobrevivientes de los campos de concentración y autor de la obra crítica “La Industria del Holocausto” – tomen distancia precautoria de las versiones tradicionales hasta hoy aceptadas. El armado institucional de todo este negocio de tipo extorsivo realizado por diversos sectores del judaísmo actual en función de la teoría del Holocausto, sin embargo, se encuentra amenazado por el avance de las investigaciones históricas al respecto; y por ello deviene necesario para estos sectores darle categoría dogmática al Holocausto, como forma de sostener sus intereses concretos de subsidios financieros, beneficiarse con la imagen judía de pueblo perseguido a lo largo de su historia, apuntalar la Opinión Pública favorable al Estado de Israel y, además, propender a una nueva cosmovisión judaica del Mundo y de la Vida.
El aspecto materialista o financiero de la cuestión del Holocausto obviamente no es el objetivo central de la cuestión sino un subproducto o derivado del tema de fondo, pero sirve para caracterizar el uso múltiple de las argumentaciones judías en diversos planos de la vida mundial, aunque manteniendo siempre el planteo principal de tipo político-ideológico. Ya se ha sugerido, por ejemplo, la posibilidad de usar el caso Irving como forma de internacionalizar el denominado “negacionismo” como delito y darle alcance mundial para emplearlo contra el presidente de Irán, Mohamed Ahmadinejad, a raíz de sus recientes declaraciones contrarias a la veracidad del Holocausto. El Pueblo Judío – obviamente sin generalizar con ello el comportamiento de todos sus integrantes – desde los tiempos bíblicos tiene una tradición cruel y vengativa, sin perjuicio de su profunda espiritualidad y su capacidad de adaptación social.
Tomando en cuenta los importantes antecedentes de la colectividad judía a lo largo de la Historia y particularmente su rol determinante en los tiempos modernos dada su alta participación en las Estructuras de Poder desarrolladas hasta nuestros días, los judíos – como pueblo definido y organizado – no son precisamente ajenos a los principales hechos que ocurren a nivel mundial. Intelectuales, políticos y Hombres de Estado judíos fueron artífices en la creación, expansión y consolidación del Marxismo-Leninismo, del Trotskismo y de la Socialdemocracia, por un lado, así como en su contrapartida del Capitalismo Liberal en Occidente, por otro. Prácticamente no existe ámbito relevante de la vida nacional y planetaria donde no exista hoy una presencia importante – y muchas veces determinante – de los grupos judíos de poder, particularmente en el plano económico-financiero.
Esto corrobora la observación objetiva que los judíos constituyen una comunidad que tiene un poder desproporcionado con su número y que, si bien no puede demostrarse que constituyan una estructura institucional de poder unificada en el mundo, la tendencia fáctica progresiva a nivel internacional es convergente en función de los intereses judíos en el orbe. Visto en su conjunto, en el marco de las políticas institucionales de sus organizaciones de colectividad y de la dura política seguida por el Estado de Israel contra los árabes, las acciones judías revelan hoy, por sí mismas, un poder acompañado de una impunidad irrestricta que no reconoce límites comparables a ningún país del mundo, salvo los Estados Unidos, con cuya dirigencia existe justamente una altísima integración y coincidencia.

LA TEOLOGÍA DEL HOLOCAUSTO.
Aunque la explicación es mucho más compleja y en esto que vamos a decir hay mezcla de referencias místicas ciertas y especulaciones sobre sus alcances en la actualidad, desde mediados del siglo XIX una rama del judaísmo europeo fue afianzando la hipótesis que el Mesías no era necesariamente un individuo esperado por los israelitas sino que el Pueblo Judío en conjunto era su propio Mesías. Se trata de una línea de pensamiento fuertemente ligada a las corrientes del proto-sionismo y cuyos principales expositores fueron el rabino Moisés Hess, Adolphe Cremieux, el rabino Baruch Levi – amigo de Rothschild y maestro de Carlos Marx – y otras personalidades relevantes de la comunidad judía. Esta idea del “Mesías colectivo” – la identificación de un pueblo privilegiado elegido por Dios para regir los destinos del Mundo – encuentra una notable compatibilidad con el desarrollo del mito del Holocausto, entendido tal como se presenta a la luz de su formulación pseudo-histórica. La concepción mítica del Holocausto estaría destinada a cubrir un doble objetivo: por un lado, constituir un factor de aglutinamiento interno de la propia colectividad judía, uniéndola siempre bajo un “interés vital común” frente a reales o supuestas amenazas exógenas; y por otro, fijar una preponderancia institucional de los judíos ante las naciones, porque también pudiera ser el basamento de una nueva religión sincretista universal impuesta sobre el Cristianismo tradicional, donde la figura del martirio de Jesucristo sería progresivamente desplazada por la imagen del martirio de millones de judíos; y donde todos los pueblos – empezando por las naciones cristianas – tiendan a asumir paulatinamente un “nuevo pecado original” producto de su discriminación histórica contra los judíos.
Desde tal punto de vista, la aceptación dogmática e indiscutible del Holocausto constituiría entonces un paso fundamental para la consolidación de una visión judeo-céntrica de la Historia y de la Humanidad toda, una concepción absolutista e intolerante donde todo se divida o diferencie entre lo favorable y lo desfavorable al Judaísmo institucional, una visión dualista y fundamentalista entre los “ejes” del Bien y del Mal donde todas las cosas deben quedar definidas por lo positivo y lo negativo en función de la idea de Israel. El sometimiento al Poder del Dinero explica en gran medida el surgimiento de los nuevos Mitos de nuestra Época, en la medida que los mismos son sostenidos y difundidos por los Medios de Educación y de Comunicación Social dependientes de las Estructuras de Poder que tienen por fuente el Dinero. Y conste que, cuando nos referimos al concepto de Mito, lo hacemos en su significación propia ya que el mito se define como una tradición alegórica que tiene por base un hecho real, histórico o filosófico, independientemente que sea verdadero o falso. Dentro de este esquema, la teoría del Holocausto parece ser – bajo toda evidencia – uno de los ejes centrales del replanteo de una nueva cosmovisión (Weltanschauung), de una nueva visión del Mundo y de la Vida destinada a replantear las ideas de los Hombres. Este mecanismo de dominación psicológica – la profecía del “hermano mayor” televisivo de Orwell materializada no ya en una Sociedad Comunista sino bajo un Sistema Capitalista – ha llegado Hoy, probablemente, a su punto de mayor aspiración, que es el control de las ideas, con la consiguiente imposición de las servidumbres mentales producto del convencimiento ingenuo o de la complicidad intelectual a sueldo.
Es la materialización del concepto del extinto profesor Carlos Disandro, en el sentido que la batalla final por el dominio del Mundo se libra, en definitiva, en el plano del control de la mente humana. Por eso, lo que insistentemente se busca no es sólo la instauración de creencias históricas no probadas – como el caso del Holocausto – sino también el bloqueo de la libertad de opinión y la inhibición de toda investigación revisionista que pueda resultar “peligrosa” para el sistema de ideas dominante. Y, en forma paralela, se trata especialmente de lograr por este medio la imposición del Arrepentimiento, esto es, la humillación o sometimiento público a determinadas concepciones que se presentan, a priori, como “verdades dogmaticas” que están fuera de toda discusión.
Por eso vemos hoy, en forma notable, que rige en el “Occidente Capitalista” el mismo método de fondo que otrora se denunciaba en el “Oriente Comunista”: los inculpados son forzados a reconocer sus “delitos” de antemano, para solicitar luego la indulgencia en las penalidades. Y como la sola duda en la existencia del Holocausto – como increíblemente dicen las leyes austriaca y alemana – es considerada “delito”, la única alternativa que resta a los denunciados con estos argumentos dogmáticos e ideológicos es pedir perdón y solicitar la benevolencia de sus jueces. Y si no muestran signos de “arrepentimiento” – como el caso Priebke, pese a la relatividad de los cargos sostenidos contra él y a su avanzada edad – pueden quedar en prisión hasta el fin de sus vidas. La reciente condena de Irving en Austria asemeja una reedición del episodio de Galileo – según la imagen vulgarmente transmitida de su controversia (que, a su vez, era distinta de la realidad histórica) – pero en su versión contemporánea: porque lo que se busca finalmente no es sólo el castigo y la intimidación frente a los “malos ejemplos” sino el doblegamiento personal, su renuncia a la investigación revisionista en la medida que tal línea de estudio es comprometedora de los intereses ideológicos y dogmáticos del judaísmo institucional. Y esto es, en última instancia, el forzamiento de la renuncia al estudio libre y al conocimiento de la Verdad.
Los Evangelios nos enseñan que sólo la Verdad nos hace Libres; y de ello, se deriva una doble consecuencia práctica: por un lado, un deber de Ética en la búsqueda de las verdades por la Fe; y por otro, una liberación de la Mentira porque, en la práctica, el que genera una mentira luego vive condenado a seguir mintiendo para sostenerla. Es algo así como un mecanismo natural de castigo al falsario por su deslealtad ante el testimonio de la Verdad. Y lo mismo ocurre con las grandes falsedades históricas, que una vez formuladas caen en la irremediable necesidad que, para sostenerlas, hay que seguir porfiando sus inconsistencias para que todo el “edificio” construido en base a sus falacias no se venga abajo como un “castillo de naipes”. Y es entonces que se tiene que apelar – como en el caso Irving – al Poder para instaurar la “represión de las ideas”, a la imposición del “dogma” frente a la realidad, a la fijación de nuevas “verdades indiscutibles” frente a la Razón y el Revisionismo de la Historia Oficial. Se ha dicho que no hay peor Tiranía que la que se ejerce en nombre de la Libertad; y nosotros agregamos que no hay peor Totalitarismo que el que se ejerce en nombre de la Democracia: es la Intolerancia escondida dentro de las supuestas Libertades, que niega la verdadera Libertad de Expresión y de Investigación a los Hombres.
Buenos Aires, Febrero 2006
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Alberto Tosti – Investigador y escritor radicado en Buenos Aires.
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